Viernes de clase por la tarde. El edificio respira lentamente y el sol se dobla al atravesar los cristales. En el segundo módulo, Alexandra presta un boli; detrás, una compañera le pregunta por su perfume. “Huele bien”, dice, y el aula sigue como si nada… por ahora.
En el recreo, esa misma compañera estalla: acusa a Alexandra de robarle un perfume perdido el día anterior. Se oyen voces altas, “mentirosa”, y risas del grupo. Al volver a entrar al centro, la agreden con un tirón de pelo: “confiesa”. Un compañero se planta entre ambas y frena la agresión. En clase, Alexandra rompe a llorar y la docente avisa a jefatura. Sin pruebas, la declaran inocente. El lunes, el perfume aparece en la mochila de otra alumna que lo había olvidado en el colegio. Nadie se disculpa. Luego hay charla antiacoso, pero el sabor amargo persiste.
— «Hueles igual que el mío. ¡Lo robaste!»
— «Puedo demostrar qué uso.»
— «¡Mentirosa!»
— «Alto. Sin pruebas no hay acusaciones.»
Soy tu compañero y actúo.
1. Ahora (10 s): me coloco a tu lado: «Paráis. Si falta algo, vamos con la profe y hacemos línea de tiempo».
2. Seguridad: separo cuerpos, ofrezco agua y acompaño a tutoría/CPE; pido no-contacto provisional.
3. Hechos, no gritos: propongo revisar aula, pasillos y objetos perdidos antes de señalar a nadie.
4. Registro: anoto hora/lugar/testigos; entrego reporte con otro aliado.
5. Reparación: si se demuestra tu inocencia, pido disculpa pública breve y un círculo restaurativo (sin humillar) para cerrar.
6. Clase: acuerdo visible: “No acusar sin pruebas. Cero agresiones. Procedimiento para objetos extraviados”.
Roles en mesa: Alexandra, compañera acusadora, compañero que interviene (narrador), profesora, jefatura/dirección, alumna en cuya mochila apareció el perfume, grupo de clase.