Era el recreo en Primaria. El patio olía a goma caliente y mandarinas. El sol hacía que los columpios brillaran, y en la ventana del baño el cristal te devolvía tu reflejo medio torcido: a veces lo usabas para arreglarte la camiseta, a veces para dudar de cómo te veías.
Dos compañeros me empezaron a mirar raro por mi aspecto. Primero fueron risitas y caras de “qué pintas”, después comentarios sobre mi pelo, mi ropa y mi cuerpo cada vez que pasaban. Yo intentaba encogerme de hombros, fingiendo que no escuchaba, pero por dentro me iba apagando. Quise contarlo a alguien, pero me frenó el miedo: ¿Y si era peor? ¿Y si me decían que estaba exagerando? Aprendí a cruzar el patio sin verlos, a llegar la última a la fila para no toparme con ellos. La tristeza no se iba ni cuando sonaba el timbre y volvía a clase.
— «Mírate, parece que…»
— «Déjalo, no es gracioso.»
— «Si te molesta, ¿por qué no dices nada?»
— «Porque me da miedo que sea peor.»
Como compañero/a, docente o monitora de patio, ¿qué harías esta semana para cortar el daño y que la persona se sienta segura al hablar?
1. Inmediato (48 h): parar la burla en público (“aquí no se comenta el cuerpo”), ofrecer canal discreto (tarjeta/QR/caja), y asignar “pareja de apoyo” en recreos.
2. Restaurativo: breve encuentro guiado si la víctima lo desea: nombrar impacto, disculpa concreta, acuerdos verificables (no comentarios sobre apariencia).
3. Estructural (30 días): cartel “mi cuerpo no es tema”, formación de testigos activos, revisión de zonas ciegas del patio y consecuencias claras ante reincidencia.
Roles en mesa: estudiante narrador/a, agresor 1, agresor 2, amiga aliada, docente, monitora de patio.