Era una tarde muy calurosa. La marquesina del autobús vibraba cada vez que pasaba un camión y todos esperaban con impaciencia el bus. Cuando entramos, el ambiente se sentía tenso y un poco agitado.
El autobús iba lleno y, de pronto, un frenazo hizo que todos se empujaran y empezaran los gritos. Un grupo de hombres comenzó a insultar y a dejar claro que no querían cerca a una persona porque “no era de aquí”. Le bloqueaban el paso y exigían prioridad, usando palabras y gestos feos. El conductor intentaba calmar el caos, pero los insultos seguían y las miradas de odio se centraban cada vez más en esa persona diferente. Nadie hacía nada: la exclusión y la agresión eran evidentes.
— «¡Aparta, aquí mandamos nosotros!»
— «¿Qué te crees, extranjero? Vete a tu país.»
— «No empujen, por favor…»
— «¡Cállate! Aquí haces lo que decimos nosotros.»
Soy un estudiante menor de edad que viaja en ese bus y actúo sin ponerme en riesgo:
Cambio estructural (lo propondría como estudiante a la operadora):
- carteles claros de prioridades y anti-odio en varios idiomas
- protocolo de parada extendida y corredor seguro
- formación básica de mediación para conductores
- mejora de frecuencias
- paradas con más espacio
- línea WhatsApp de incidencias visible en el bus.
Roles en mesa: persona no local (objetivo de odio), hombre agresor, conductor/a, pasajera aliada, testigo pasivo, revisor/seguridad, nuevo pasajero que llega.