Era el aula de sexto. Las luces eran frías y olía a tiza fresca. El pupitre de la primera fila siempre era para mí, y al entrar mis gafas se empañaban del cambio de temperatura. En la fila del patio, nunca elegían a gente como yo para empezar los juegos.
Sufrí acoso por cómo veía y por mi tamaño. Me ponían motes y se reían de mí porque a veces no veía bien la pizarra. Me escondían las gafas y me cambiaban de sitio diciendo que era “un juego”. En la fila y en el patio me empujaban y me insultaban; en educación física siempre era el último en formar equipo. Yo aprendí a callarme y a intentar pasar desapercibido, pero dolía mucho por dentro. La profe se daba cuenta de algo, pero la mayor parte de las burlas pasaban cuando ella no miraba.
— «¿Otra vez sin gafas, pequeño?»
— «Déjalo, nunca ve nada.»
— «No necesito bromas; necesito respeto.»
Como compañero/a, delegado/a o docente, ¿qué harías hoy para cortar las burlas sin exponer más al alumno?
Propón:
1. Inmediato (7 días): señal clara contra los motes, turnos de lectura con apoyos (foto de pizarra, copias), “parejas de apoyo” elegidas por el docente.
2. Restaurativo: conversación guiada con quienes se burlan, reconocimiento del daño y acuerdos verificables.
3. Estructural: selección de equipos al azar, carteles de “pedir ayuda no es trampa”, revisión de asientos para que ver bien no signifique estar “en el foco”.
Roles en mesa: alumno narrador, líder burlón, seguidor, amiga aliada, docente, delegado/a.